Durante los últimos años la perspectiva que tiene la sociedad sobre la figura
del socorrista en las piscinas de verano ha cambiado. ¿Sabemos a qué se
debe el cambio? Os hablaré sobre la ciudad de Madrid, que conozco bien.
A finales de los años 50 comenzaron a abrirse las primeras piscinas públicas.
El objetivo consistía en hacer más llevadero el tórrido verano. Esta nueva
forma de refrescarse y hacer vida social sustituyó a los baños en ríos y
pantanos, que hasta entonces practicaban los llamados coloquialmente
domingueros. Año tras año los barrios y municipios contiguos a la capital
ofertaron un número considerable de piscinas para el ocio y tiempo libre.
Estos espacios tan frecuentados por los ciudadanos se convertían en un
peligro, porque muy poco sabían nadar. En los años 1960 la tasa de
ahogados se elevó de forma alarmante. Por consiguiente el ayuntamientos
de la capital y de los pueblos de Madrid promovieron campañas para
enseñar natación a los bañistas. Serían los propios socorristas los
encargados de la instrucción, además de la vigilancia. Ante esta apreciada
labor, el público de las piscinas respondería con respeto y admiración hacia
esta figura. La figura del socorrista alcanzaba un merecido reconocimiento
a su labor.
En 1980 se promueve el deporte base y el deporte para la salud. El número
de Polideportivos con piscina cubierta mejorará la calidad de vida de los
ciudadanos de aquella época. Aparece la figura del monitor-intructor, quien
de alguna manera desplaza la labor del socorrista en el ámbito de la
enseñanza. Aun así, las piscinas de verano rebosaban de bañistas y la figura
del respetado socorrista permanece vigente.
Una década más tarde, años 90, el boom inmobiliario dotó de áreas
recreativas a las urbanizaciones privadas. Las piscinas de comunidades
grandes y pequeñas proliferaron rápidamente. La demanda de
profesionales era tan grande que muchos jóvenes accedieron a trabajos sin
la cualificación adecuada. Las consecuencias no se hicieron esperar. Su
nefasta labor menoscabó el respeto hacia la figura del socorrista. Se
desprestigió en pocos años una respetada profesión. Por desgracia, las
nuevas generaciones de jóvenes socorristas nunca vieron en este
profesional un ciudadano útil a la sociedad. Debemos recuperar el prestigio
de esta digna profesión, que previene e incluso salva a miles de ciudadanos
en todo el mundo.
Como profesor de salvamento y socorrismo me siento orgulloso de muchos
alumnos que año tras año continúan preservando este trabajo. Son
profesionales íntegros que demuestran con el buen hacer de su labor, que
esta profesión es muy necesaria para prever cualquier accidente que ponga
en peligro la vida de los bañistas. Les agradezco y me enorgullezco de ellos.
Manifiesto de esta manera mi respeto y contribuyo con mi opinión a luchar
para que este trabajo alcance el respeto que se merece. Siento la necesidad
de expresar mi gratitud hacia mis alumnos que año tras años mantienen su
puesto de trabajo en la misma comunidad de vecinos, demostrando que
asimilaron la teoría al igual que los consejos que les di. Esta crónica de
Madrid y sus socorristas es también un homenaje para ello. Gracias a todos
los socorristas que están orgullosos de su profesión.

Chema Fernández Fernández
Docente Auditórium Estudios
Un docente orgulloso de sus alumnos

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